11/3/11

Dejar las sombras despostilladas en el cruce entre el lecho y un adiós.
Empacar recuerdos gastados, pequeños niños que se divierten jugando a las escondidillas y que se sorprenden cuando su resguardo no es tan seguro.
Desvestir lágrimas añejas o de nueva cosecha.
Limpiar cajones, cambiar sábanas, cambiar de look, tomar té.
Reconocerse en el espejo.
Acariciar incansablemente a la mascota.







Desprender lentamente cada trozo de esperanza que se aloja en la almohada.
Mirar al vacío.
Desempolvar canciones clandestinas.
Apagar el celular.
Imaginar que todo volverá, esto ayuda a mantener la mente ocupada.
Escribir más allá de lo previsto y menos de lo que se quería.
En la tristeza todo acaba y todo empieza.
Fuera de ella los paisajes se transforman. Dentro de ella los pasos se difuminan. Con el tiempo se aprende a caminar mejor.
Se deja de lado lo constante. Se aspira un suspiro. Se hace un poema, se crea.
Las pruebas de amor muestran su mínima oferta. Los ojos, los pies, las manos se suavizan, se vuelven artefactos más íntimos. Se confía más en un perro o en las nubes. Cuando mucho el perro te morderá y las nubes te empaparán en una de sus tantas catarsis. Con la tristeza se cae, los huesos se quiebran, los pisos se ablandan, se coleccionan llantos, se maquillan andanzas irreales. Mientras todo eso pasa, una flor saluda al sol, un par de ancianos se miran con un susurro infantil, un perro ladra y recibe una galleta, una mariposa aletea, los niños aplauden alrededor de un hada y un beso calla.
Sería mejor que pudiera ver todo eso 

en vez de imaginarlo.

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